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19 de febrero de 2011

Cajero automático

Teresa Esmatges
De camino al restaurante, vi el neón de un cajero automático y entré. Me venía de perlas, pues sólo tenía dos míseros euros.
   Introduje mi dinero de plástico para sacar un par de billetes de 20. Presionaba la pantalla táctil, siempre lo mismo: cantidad pit, sacar dinero pit, número secreto pit pit pit pit. Cuando tenía mi mano en la ranura para retirar la tarjeta, un sonido reclamó mi atención.
   Una pastilla azul con letras blancas anunciaba: lo siento, no te puedo dar dinero, pero puedes escoger una de estas tres opciones: consejo, Inspiración, oráculo.
   Tardé en reaccionar. ¡La máquina me estaba contando algo! Había recuperado mi tarjeta y podía largarme, pero quería seguir adelante.
   Me perturban los oráculos, aunque no crea en ellos. La inspiración, ¿para qué?, esta noche sólo quiero diversión. Así que un consejo nunca viene mal, siempre puedo no hacerle caso.
   CONSEJO ¡gling!
   Estás de suerte, has sido la única que te has quedado a dialogar conmigo, es muy dura la vida de un cajero automático y por eso te concedo las tres opciones. Te aconsejo que si quieres dinero te busques a otro, te inspiro la historia sobre lo nuestro y el oráculo es la opción imposible, pero me gustaría decirte que volverás. Gracias por tu generosidad. Tienes unos dedos magníficos.
   No pude más que sonreír, lo acaricié, me dedicó un recital de luces y sonidos. Decidí que aquella noche no necesitaba dinero, lo iba a pagar todo con tarjeta.

26 de enero de 2011

Silencio en la sala

Antonio Funes
El principio de la noche fue muy prometedor: la mejor compañía posible, cena de jamón ibérico y queso brie con mermelada de frambuesas… y al cine para ver una de Eastwood (indudable merecedor de una futura prenda). En taquilla, pagamos 7,5 euros por la entrada, -cumpliendo religiosamente con el merecido pago de la propiedad intelectual, el IVA, los derechos de autor, la mantequilla para las apestosas palomitas, etc.

Tomamos asiento en la parte central de la fila 5 y, expectantes, esperamos el inicio de la película. Empieza la proyección, empieza la magia, empieza el problema. Tras una vaporosa neblina creo reconocer el rostro de Jeff Bridges. Me quito las gafas y las reviso para constatar que no me estoy quedando ciego. ¡Menos mal! Es la película que está desenfocada.

Como todavía estamos en los anuncios, me levanto raudo y veloz para advertir al personal del cine. “Tranquilo” me dicen, “cuando empieza la película se arregla un poco”. A mí, eso del “poco” me inquieta, pero, obediente, vuelvo a mi sitio.

El “poco” resultó ser el nebuloso Londres decimonónico recubierto de una espesa capa de humo fabril. Indignado, busco en mi memoria referentes literarios en los que apoyarme para afrontar la incómoda situación: don Quijote, Ignatius J. Reilly y el marqués de Sade. Por motivos obvios descarto a este último y me centro en la ejecución de la protesta. Primero, un espeluznante silbido de cabrero armenio; segundo, unas estrepitosas palmadas de foca circense.

A mi espalda silencio. “Está desenfocada ¿no?” pregunto al resto de público. De nuevo silencio. (Tal vez están aterrados por la abrupta aparición de un loco en la sala y temen por su vida, o tal vez adoptan esa actitud positiva de lechuguino lector de libros de autoayuda que afronta cualquier problema real con el coraje de un Teletubi).

Propongo a mi pareja-cómplice que abandonemos la sala. Me sigue fiel y ligeramente avergonzada. Los mal pagados y peor vestidos trabajadores del cine reconocen que la óptica del proyector está defectuosa, nos devuelven el dinero y nos confiesan que el problema persiste porque muy poca gente reclama formalmente. Rellenamos las pertinentes reclamaciones.

De camino a otro cine me noto furioso y tengo una visión: trabajaré hasta los 67, me volverán a recortar el sueldo, pagaré por ir al médico, me multarán por respirar… Mientras, la vida se proyecta desenfocada ante un indiferente y silencioso público de cabezas oscuras que sacia su apetito con bidones de palomitas. ¡Que aproveche!

9 de diciembre de 2010

De bares

Nunca hubo mucha vida en los palacios. Es en los bares donde bulle este país, donde se muestra con sus grandezas (el humor, las discusiones sobre fútbol, las tapas) y sus miserias (...). Sobre todo en esos bares de las barriadas, de las poblaciones periféricas a las grandes ciudades.

Quinto, tapa. Quinto-tapa. Quinto tapa.

Diez de la noche de un miércoles cualquiera. Al abrirse la puerta del bar aparece una esplendorosa sonrisa bajo un bigote de 1900. Entre algún que otro diente, pronuncia con voz afable: “¡Qué jóvenes sois todos! ¿Cómo os va la vida? Jóvenes: ¿alegres, enamorados...?”

Casi nadie le mira, aunque todos sabemos que ha llegado. Su mirada profunda escruta las profundidades personales de los allí presentes. Se aproxima.

“Hola, compañero.”

Me extiende la mano para entrechocarla mientras mira el paquete de tabaco que había dejado sobre la barra. La estrecha como hacen los buenos, los viejos amigos, aunque jamás lo había visto antes.

“Tírate una cerveza”, osa aventurarse.

El hombre que se hace llamar Jetro es delgado, alto y tuvo una complexión atlética. Frisa la edad de... bueno, me resulta dificilísimo saber los años que han cumplido los que tienen más vida que yo... Pero recuerda a un conocido hidalgo.

Quinto tapa. Quintotapa.

Tras la barra, una mujer añeja de rubio conseguido y una joven china no acaban de aprobar la visita. De este lado, en taburetes, de pie o en los grupos congregados alrededor de las mesas, más de veinte novelas encarnadas en otros tantos seres humanos cohabitan con un partido de Champions League.
Quinto; tapa.

“Tírate una cerveza, joven, que mañana te invito yo.”

El Profesor, que es como se le conoce en el barrio, viste un traje azul que estuvo muy de moda en 1967 y lleva bajo el brazo un diccionario enciclopédico (de la misma época) del que sobresalen algunos folios incrustados, dejando entrever el final de unas líneas garabateadas, que antaño tuvieron forma, estilo y significado.

“Una cervecita, hombre, que vengo reventao.”

Su corbata es de colores muy vistosos, verdes, amarillos y azules chillones. Aunque no le combina con el traje y la lleva mal anudada, le da la dignidad de un ministro.

“¡Tírate una cerveza!”, repite.

Y por fin, el Profesor advierte que nadie va a invitarle hoy. Con la sabiduría que permanece por encima de la ebriedad, confirma, niega.

“Sí, no anda muy bien la cosa.”

Y el Profesor sale del bar con mejor planta que un torero, clavando los talones como el que va a recibir el premio Nobel y, antes de atravesar la puerta, nos espeta: “Ha sido un placer volver a veros.”

Porque, para el Profesor, hablar, saludar, mirar, es siempre tener la suerte de volver a hacerlo. Aunque sea la primera vez.

7 de noviembre de 2010

El remate

Antonio G. Funes
Hace unos días me lesioné jugando al fútbol. No era día trece, pero para mí como si lo hubiera sido. A la hora del patio el equipo de profesores –del que me declaro orgulloso integrante- se enfrentaba a un hueso duro de roer cuya sola mención provoca pavor: “los de segundo de bachi”. Transcurría el minuto 25 de partido y el final estaba cerca. ¡Y de qué manera, sobre todo para mí!

Mi licenciada escuadra perdía por un injusto uno a cero, así que abandoné mi usual posición defensiva y me lancé al ataque sin pensar en las consecuencias. A pecho descubierto me clavé en las líneas enemigas como una saeta. (Aunque para saeta de verdad la que entonaría poco después con quejumbrosos quejidos de cantante flamenco aplastado por un tranvía).

Durante un par de minutos me transformé en un animal, en un depredador. Los perplejos ojos de los defensas contrarios apenas percibían el oscuro halo que mi barba dejaba tras de sí y entonces… llegó mi oportunidad. Recortado contra el cielo azul, un balón alto dibujaba una suave parábola. Yo salté hacia él como un majestuoso felino, pero el aterrizaje porcino que le siguió inmediatamente me hizo descender de golpe varios escalones en la familia animal.

Lo que pasó después me lo han contado. Recuerdo confusamente que el público asistente, integrado en su totalidad por estudiantes, estalló en risas y aplausos. Debo añadir en su defensa que, en medio de mi dolor, también recibí muestras de apoyo con preguntas del tipo: ¿Se aplaza el examen del jueves?

El final es una rápida aposición: hospital sin aparcamiento, cola en ventanilla, larga espera, breve visita, muletas. Total, que llevo varios días encerrado en casa practicando elegantes posturas de ave zancuda.