A veces una canción se hace con uno en cuanto la oye. A menudo esa melodía, esa letra, se apodera tanto de nuestra mente que no podemos dejar de escucharla, de recordarla, de tararearla. Incluso, en alguna ocasión, canta lo que no seríamos capaces de confesar. “Elephant” es una de esas canciones.
En sus composiciones, Damien Rice nos susurraba sensaciones intuidas o recordadas, o pesadillas del sentimiento que se acaban materializando. Solían plantear una escena, un movimiento del alma, el instante de una emoción. Y al final, en el último verso, quizás incluso después de que la música terminase, corregían todo lo dicho, nos sorprendían con una antítesis que desmontaba todo lo anterior, o corroboraban lo cantado con un último desgarro, o abrían una puerta a la esperanza.
La mujer de su ensueño solía acompañarlo con la voz. Pero un día ella decidió echar alas y emprender su propio vuelo en lo profesional... y en lo personal. Hace unos tres años que Damien Rice entró en el infierno de una separación. Solo, sin guía, a diferencia de Dante, aún no sabe si está dispuesto a salir de allí. Nos dejó tres discos imprescindibles: O, B-sides y 9, este último del año 2006, además de una serie de directos como At Fingerprints o From The Union Chapel. Desde entonces, a excepción de alguna canción suelta para discos recopilatorios con fines benéficos, ha quedado mudo.
De Lisa Hannigan es imposible no enamorarse a primera vista, a primera escucha, a la primera caricia de su voz en nuestra espina dorsal. Aúna la ternura de Tanita Tikaram, la aparente inocencia de Suzanne Vega, la sencillez de Edie Brickell. En 2008 extrajo su primer disco en solitario, Sea Sew, un compendio de diez canciones aptas para seres vivos de 0 a 99 años. Y es que Lisa Hannigan pinta con dulzura las profundidades de una mujer despierta. Para encajar con ella, sin trampa ni cartón, sólo hay que escuchiver “I Don’t Know”.
Por el cielo cruzó una rosa. “Buscaba otra cosa”.
13 de enero de 2011
4 de enero de 2011
Tiempo, amor, aprendizaje
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| Antonio G. Funes |
Allí reencontramos el exceso de vida que no podemos acarrear siempre. Redescubrimos lo que hemos aprendido, lo que hemos amado y lo que hemos perdido.
El Valle de la Pineta es para mí un cajón de recuerdos. Siempre la misma fotografía en un vano intento de detener el tiempo. Me reconforta la inmovilidad del paisaje que solo presenta sutiles variaciones de luz y temperatura. Para la montaña, mi presencia es tan efímera como la de un copo de nieve o un haz de luz solar. Para mí, la montaña es una eternidad en la que yo, al menos, he sido un instante.
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1 de enero de 2011
Vacíos singulares
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| Josep Martínez |
Todo se remonta al caso de un alumno, que hace años andaba dándole vueltas al punto. “Profe, un punto debería ser materia, porque materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio”. A lo que yo le respondí que un punto no ocupa lugar, es adimensional. “Pero entonces, un punto es como los fotones. No tienen masa, pero son algo”. Y le dije que sí, los fotones son algo. Son partículas, que tienen una longitud de onda asociada, y una energía característica, aunque no tengan masa. Él insistió “¿Pero entonces cómo puede existir un punto, si no tiene masa, ni dimensiones, ni ninguna característica física asociada?”
Yo le respondí, aunque no sé si con mucho acierto, que un punto existe y no existe. “Un punto no es nada en tanto que no tenga un sistema de referencia, no indique una posición, no se referencie a otro punto. Un punto existe por necesidad, porque es una nada a partir de la que podemos construir cosas que sí existen. Por ejemplo un segmento. Un punto es una nada según tu manera de entender, a partir de la que podemos construirlo todo. Un punto es una entelequia”. Y se fue cabizbajo. No sé si poco convencido, decepcionado, o ambas cosas.
Mi recomendación va para El conocimiento del mundo físico, de Max Planck. Especialmente los ensayos XVI (Ciencia y fe) y XXI (Ciencia y religión). Grandiosos y atemporales. En gran parte podrían haber sido escritos hoy mismo.
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| Max Karl Ernst Ludwig Planck |
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